lunes, 25 de febrero de 2019

EL KARMA



Una vez seguida la evolución del alma humana a través de vidas sucesivas, podemos estudiar la gran ley de causalidad que preside los renacimientos y que se llama Karma. 

Karma es un término sánscrito que significa literalmente “acción”. Supuesto es que toda acción es efecto de causas anteriores, y que cada efecto viene a ser a su vez la causa de otros, esta noción de causa y efecto es elemento esencial en la vida de acción. Por esto el término acción o Karma se usa en el sentido de “casualidad” y designa la serie ininterrumpida, el encadenamiento de causas y efectos de que se compone toda actividad humana. De ahí la frase que se emplea a veces al hablar de un acontecimiento: “es mi Karma”; es decir, “este hecho es efecto de una causa puesta en juego por mí en el pasado.” Ninguna existencia está aislada; cada vida es el fruto de cuantas la han precedido y el germen de todas las que siguen en el agregado total de vidas de que se compone la existencia continua de la individualidad humana. No hay “suerte” ni hay “accidente”. 

Cada suceso está ligado a las causas antecedentes y a los efectos consiguientes, pensamientos, acciones y circunstancias producen del pasado e influyen en el porvenir. Como nuestra ignorancia nos vela igualmente lo pasado y lo futuro, nos parece que los sucesos surgen de repente del hado, que son accidentales; pero esta apariencia es ilusoria y proviene exclusivamente de nuestro escaso saber. 
De la misma manera que el salvaje, ignorante de las leyes físicas del universo, considera los sucesos como carecientes de causa y como milagros las operaciones de las leyes físicas, un gran número de hombres, desconocedores de las leyes mentales y morales, consideran los acontecimientos mentales y morales como sin causa y los miran cual resultado de las leyes desconocidas o como buena o mala “suerte” Cuando surge por primera vez en el horizonte del pensamiento humano la idea de una ley intransgredible e inmutable, en el reino hasta entonces vagamente atribuido al azar, aparece en tal instante un sentimiento de impotencia, como de parálisis mental y moral. 

El hombre se siente sujeto por la férrea mano de un destino inflexible y el “kismet” del resignado musulmán parece ser la única forma filosófica posible. Lo mismo puede sentir el salvaje cuando su admirada inteligencia concibe por primera vez la idea de una ley física, al ver que cada movimiento de su cuerpo y cada movimiento de la naturaleza exterior se efectúan por medio de leyes inmutables. Poco a poco llega a saber que esas leyes fijan las condiciones indispensables de toda acción, sin prescribir por ello la acción misma; de suerte que el hombre permanece siempre libre, aunque limitado en sus actividades externas por las condiciones del plano en que obra. 
Aprende además que estas condiciones le subyugan y frustran sus más vigorosos esfuerzos cuando las ignora o cuando conociéndolas se opone a ellas; pero que las hace sus esclavas y auxiliares cuando las comprende, conoce su dirección y calcula su fuerza. 

En verdad, la ciencia es únicamente posible en el plano físico, porque las leyes de éste son inviolables e inmutables.
Sin leyes naturales no podría haber ciencia alguna.
Un investigador realiza cierto número de experimentos para conocer cómo opera la naturaleza; y una vez adquirido este conocimiento, puede adoptar las disposiciones necesarias para llegar a determinado resultado.
Si fracasa, sabe que ha olvidado seguramente una condición imprescindible, o que su conocimiento de las leyes no es completo todavía, o que se equivocado en los cálculos.
Vuelve al estudio, rectifica el método y repasa serenamente las operaciones, convencido de que a todo problema bien planteado debe responder la naturaleza con exactitud matemática.
El hidrógeno y el oxígeno no le darán agua hoy y ácido prúsico mañana; el fuego que le quema no le helara mañana.
Si el agua puede ser hoy líquida y sólida mañana, es porque han cambiado las condiciones circunstanciales, y el regreso a las condiciones primitivas restablecerá el resultado originario.
Cada nueva información respecto de las leyes de la naturaleza engendra un nuevo poder, porque todas las energías de la naturaleza se convierten en fuerzas utilizables en manos del hombre, a medida, que las comprende.
Aquí tiene aplicación el proverbio: “Saber es poder”; pues el uso que puede hacerse de las fuerzas depende del conocimiento que de ellas se tenga.
Escogiendo aquellas de que quiere servirse, equilibrándolas entre sí y neutralizando las energías que se oponen a sus designios.
El sabio puede determinar de antemano el resultado y provocar la realización de los cálculos.
Comprendiendo y manipulando causas puede producir efectos; y así la rigidez de la naturaleza, que al principio parece paralizar la acción humana, puede emplearse por el hombre para producir infinita variedad de resultados.

La perfecta rigidez de cada fuerza considerándola aisladamente determina la perfecta flexibilidad de sus combinaciones; pues habiendo fuerzas de toda especie, que se mueven en todas direcciones y están todas sujetas a cálculo, se puede operar una selección combinando las fuerzas elegidas de manera que produzcan el resultado apetecido, es preciso el conocimiento, pues el ignorante camina de tropiezo en tropiezo contra las leyes inmutables, viendo fracasar todos sus esfuerzos, mientras que el sabio sigue un orden metódico, y prevé, provoca o impide cuanto se relaciona con el anhelado objeto, que al fin logra no por azar, sino porque conoce las leyes. 

El uno es juguete y esclavo de la naturaleza; el otro es el dueño que utiliza las energías cósmicas, dirigiéndolas en el sentido que su voluntad escoge. Lo que es verdad en los dominios físicos de la ley, también lo es en los mundos moral y mental que igualmente son dominios de la ley. También en ellos el ignorante es esclavo y el sabio dueño. También la inviolabilidad y la inmutabilidad consideradas primeramente como paralizadoras de todo esfuerzo, se reconocen luego como condiciones indispensables de seguro progreso y de previsora dirección del porvenir. 

El hombre puede llegar a ser dueño de su destino tan sólo porque este destino yace en los dominios de la ley, en donde el conocimiento puede edificar una ciencia del alma y poner en manos del hombre la facultad de gobernar su porvenir y escoger igualmente su carácter y circunstancias futuras. El conocimiento del Karma que parecía paralizar todo esfuerzo, se convierte en fuerza inspirante, en sostén y elevadora fuerza. 

El Karma es. Por tanto, la ley de causalidad, la ley de causa y efecto. 
Formalmente la anunció el iniciado cristiano San Pablo: “No os engañéis. Nadie se burla de Dios; porque lo que quiera que el hombre siembre, aquello también recogerá.” 
El hombre admite constantemente fuerza en los planos donde funciona. 
Estas fuerzas que cualitativamente son efectos de sus actividades pasadas, resultan al mismo tiempo causas de él emanadas en cada uno de los mundos que habita. Producen determinados efectos tanto en él mismo como en los demás; y a medida que esas Causas, emanadas de él como de un foco, irradian por todo el campo de su acción, es responsable de los efectos que engendran. 

Así como el imán tiene su campo magnético, el ambiente en que todas sus fuerzas, mayores o menores, actúan según su potencia, cada hombre posee también un campo de acción en donde obran las fuerzas que emite. Estas fuerzas se trasmiten en líneas curvas que regresan al punto de partida, al foco del cual emanaron. Como el asunto es muy complicado, lo subdividiremos, y estudiaremos las subdivisiones una por una. En su vida ordinaria, el hombre emite tres clases de energías, que pertenecen a los tres mundos que habita. 

En el plano mental, las energías mentales originan las causas que llamamos pensamientos; el plano astral, las energías astrales producen lo que llamamos deseos; y, en fin, en el plano físico, las energías físicas suscitadas por las dos anteriores se designan con el nombre de acciones. Convendrá estudiar sucesivamente en sus operaciones estas tres clases de energía para comprender las tres clases de efectos que respectivamente producen, si queremos cargo del papel que cada una de esas categorías de fuerzas desempeña en las complejas combinaciones que ponemos en juego, y cuyo conjunto podemos llamar “nuestro Karma”. 

Cuando el hombre, adelantándose a sus semejantes, logra más elevados, llega a ser un centro de elevadas fuerzas; pero por ahora podemos prescindir de estas fuerzas de orden espiritual y limitarnos a la humanidad vulgar que efectúa su ciclo de reencarnación en los tres mundos. 
Al estudiar las tres clases de energía que hemos enumerado, debemos distinguir entre su efecto en el hombre que las emite y los que se encuentran en su esfera de acción; porque cualquier error en este punto podría sumir al estudiante en insuperables dificultades. Hemos de recordar, por lo tanto, que cada fuerza obra en su propio plano y reacciona sobre el plano inferior proporcionalmente a su intensidad. El plano en que se engendra le da su especial característica y al relacionar en los planos inferiores determina vibraciones de la materia sutil o grosera de dichos planos, de conformidad con su originaria naturaleza. El motivo generador de la actividad determina el plano a que pertenece la fuerza. Es necesario ahora distinguir entre: 

1º Él Karma, pronto a manifestarse en la vida presente bajo la forma de sucesos inevitables; 

2º. , El Karma de carácter, que se manifiesta por las tendencias provinentes de la experiencia acumulada y susceptibles de modificarse en la vida presente (el Ego) que las creó en el pasado; y 

3º. , Él Karma en vías de formación, destinado a influir, y Kriyamâna (en formación.) 
Además hemos de tener en cuenta que sobre el carácter y los sucesos futuros. (El estudiante conoce estas divisiones con el nombre de Prarabdha (comenzado), Sanchita (acumulado), manifestándose en parte en las tendencias del individuo al formar su Karma individual, el hombre se relaciona con los demás seres, pues entra en la composición de grupos diversos como la raza, nación y familia, participando del Karma colectivo de cada uno de estos grupos. Se comprende desde luego que el estudio del Karma es sumamente complejo. 

A pesas de ello, los principios fundamentales de su operación, antes expuestos, bastan para dar una idea coherente de su alcance general, pudiendo estudiarse los pormenores según se nos ofrezcan ocasiones para ello. Lo esencial es no olvidar que el hombre engendra su propio Karma, que crea paralelamente sus facultades y sus limitaciones, y que, trabajando siempre mediante las facultades que ha creado y bajo el peso de las limitaciones que se ha impuesto, permanece siempre el mismo, la viviente alma capaz de acrecentar o de reducir sus limitaciones. El mismo ha forjado las cadenas que le sujetan, y puede limarlas hasta romperlas o remacharlas más fuertemente. 

El mismo ha construido también la casa que habita, y puede a su antojo embellecerla, derruirla o reedificarla. Sin cesar trabajamos en la plática arcilla que podemos modelar a nuestro gusto; pero la arcilla se endurece y llega a ser como el hierro, conservando la forma que le hemos dado. 

Un proverbio del El Karma es. Por tanto, la ley de causalidad, la ley de causa y efecto. 
Formalmente la anunció el iniciado cristiano San Pablo: “No os engañéis. Nadie se burla de Dios; porque lo que quiera que el hombre siembre, aquello también recogerá.” 
El hombre admite constantemente fuerza en los planos donde funciona. 
Estas fuerzas que cualitativamente son efectos de sus actividades pasadas, resultan al mismo tiempo causas de él emanadas en cada uno de los mundos que habita. Producen determinados efectos tanto en él mismo como en los demás; y a medida que esas Causas, emanadas de él como de un foco, irradian por todo el campo de su acción, es responsable de los efectos que engendran. Un proverbio del Hitopadesa dice:

“Mirad: la arcilla se ha endurecido como hierro; 
Pero el alfarero moldea la arcilla. 
El destino es Hoy el dueño. 
El hombre lo fue ayer.” 

Así todos somos dueños de nuestro porvenir, cualesquiera que sean los obstáculos que tengamos en el presente como consecuencia del pasado. Vamos ahora a seguir, en el orden indicado, las divisiones establecidas anteriormente para facilitar el estudio del Karma. Tres clases de causas ejercen sus efectos sobre su creador y en todo lo que éste influye. 

La primera de estas causas está constituida por nuestros pensamientos. 
El pensamiento es el factor más poderoso en la creación del Karma humano, porque manifiesta la operación de las energías del Yo en la materia mental, materias cuyas modalidades más sutiles forman el vehículo mismo de la individualidad y cuyas especies más densas responden todavía con prontitud a las menores vibraciones de la conciencia. Las vibraciones que designamos con el nombre de pensamiento, consecuencia directa de la actividad del Pensador, originan forma de substancia mental o imágenes mentales que, según hemos visto, modelan el cuerpo mental del Pensador. 

Cada pensamiento modifica este cuerpo, y las facultades mentales innatas de cada vida son el resultado del funcionamiento del pensamiento en las vibraciones anteriores. 
No hay poder razonador ni mental que no haya sido creado por el hombre mismo con el auxilio de pensamientos pacientemente repetidos. Además, ni una sola de las imágenes mentales así creadas se pierde; todas ellas contribuyen a la formación de las facultades, y la suma de un cuerpo cualquiera de imágenes mentales sirve para construir una facultad correspondiente, que se acrecienta por cada pensamiento adicional, es decir, cada vez que se crea una imagen mental del mismo orden. Conociendo esta ley el hombre puede gradualmente construir el carácter mental que desee poseer, pudiendo efectuar con precisión semejante a la del albañil que levanta una pared. 

La muerte no interrumpe su obra; al contrario, librándole de las trabas del cuerpo, facilita el proceso de asimilización de las imágenes mentales en el órgano definido que denominamos facultad. 
El hombre trae consigo esta facultad cuando vuelve al plano físico, presto a renacer, y una parte del cerebro de su nuevo cuerpo se adapta para servir de órgano a esa facultad, del modo que se verá más adelante. El conjunto de esas facultades constituye el cuerpo mental con el que comienza su nueva vida sobre la tierra; y su cerebro y su sistema nervioso se conforman dé manera que suministran al cuerpo mental los necesarios medios de expresión en el plano físico. 

Así, las imágenes mentales creadas en una vida aparecen como características y tendencias mentales en la siguiente. Por eso dice uno de los Upanishads: “El hombre es un ser de reflexión; lo que refleja en esta vida llega ser en la siguiente” Tal es la ley que pone en mano la construcción de nuestro carácter mental. Si construimos bien, la ventaja y el honor serán nuestro premio; y si hacemos mal, nos acarrearemos pérdida y disgusto. 

El carácter mental es, pues, un sorprendente ejemplo del Karma individual en su acción sobre el individuo que lo crea. Además, este mismo individuo que estudiamos, influye sobre los otros con su pensamiento, pues las imágenes que construyen su propio cuerpo mental, originan en el espacio vibraciones del mismo orden y se reproducen en formas secundarias.
Los pensamientos se encuentran, por lo general, mezclados con algún deseo, y sus formas contienen además cierta porción de materia astral, por lo se designa aquí a esas formas de pensamientos secundarios con el nombre de imágenes astro-mentales. Semejantes formas destácanse del ser que las crea para vivir independientemente, en cierto modo, permaneciendo, sin embargo, en relación con él por un lazo magnético. Se ponen así en contacto con los demás individuos a que afectan y establezcan lazos kármicos entre ellos y él, influyendo además en cierta medida sobre el ambiente futuro del individuo considerado. 

Atase así los lazos que, en vidas ulteriores, han de agrupar a ciertas personas para el bien o para el mal, los lazos que nos rodean de parientes, amigos y enemigos, poniendo en nuestro camino a los que están destinados a ayudarnos o a combatirnos, a los que han de favorecernos y a los que han de perjudicarnos. He aquí por qué unos nos aman sin que hayamos hecho en esta vida nada para ello, mientras que otros nos odian aunque tampoco hayamos hecho nada para merecer su odio. 
El estudio de estos resultados nos permite formular un principio fundamental: al mismo tiempo que nuestros pensamientos obran sobre nosotros, creando nuestro carácter mental y moral, determinan, por su acción sobre el prójimo, nuestros futuros asociados humanos. 

La segunda clase de energías se compone de nuestros deseos, de nuestro apetito respecto a los objetos que nos atraen desde el mundo exterior. Como quiera que en los deseos del hombre haya siempre un elemento mental, podemos extender el término “imágenes mentales” para incluir en él las que se manifiestan en gran parte en la materia astral. Los deseos, al obrar sobre el que los crea, construyen y modelan su cuerpo de deseo o cuerpo astral, y labran su destino en el Kamaloka tras la muerte, determinando, en fin, la naturaleza del cuerpo astral de su próxima encarnación. 

Cuando los deseos son bestiales, intemperantes, crueles o asquerosos, son causa fecunda de enfermedades congénitas, de cerebros débiles y enfermos que engendran la epilepsia la catalepsia, y desórdenes nerviosos de toda suerte. De ahí proceden también las deformidades y deformaciones físicas, y en los casos extremos las monstruosidades. Los apetitos bestiales de naturaleza anormal pueden establecer en el mundo astral lazos que retengan por algún tiempo al Ego, en un cuerpo astral formado por dichos apetitos, en sujeción al cuerpo astral de los animales en quienes sean peculiares dichos apetitos, retardando así su reencarnación.

Cuando el individuo no sufre esta pena, su cuerpo astral, en forma de bestia, imprime a veces la huella de sus características en el cuerpo físico en formación durante el período prenatal. 
Tal es el origen de los monstruos semi-humanos que aparecen de cuando en cuando. Siendo los deseos fuerzas de exteriorización que se apegan a los objetos externos, impelen siempre al hombre hacia el medio en que pueda satisfacerlos. El deseo de las cosas terrestres sujeta al alma al mundo exterior y la arrastra hacia el lugar donde los objetos deseados pueden obtenerse más fácilmente. 
Por eso se dice que el hombre nace según sus deseos. Los deseos son, pues, una de las causas determinantes del lugar de la reencarnación. 

Las imágenes astro-mentales producidas por los deseos ejercen sobre nuestros semejantes una acción análoga a la de las imágenes de igual naturaleza producidas por los pensamientos. Los deseos, por consecuencia, nos ligan también a los demás hombres. Nos ligan comúnmente por los poderosos lazos del amor y del odio, pues en el grado actual de evolución, los deseos de un hombre vulgar son, por lo general, más fuertes y sostenidos que sus pensamientos. Desempeñan, pues, un gran papel en la determinación del ambiente social de las vidas futuras y pueden ponerle en contacto con algunas personas y someterle a ciertas influencias, sin que pueda sospechar las relaciones, que hay entre ellas y él. Supongamos que un hombre que, emitiendo un pensamiento de odio terrible y vengativo, haya contribuido a provocar en otro el impulso del crimen. 

El creador de semejante pensamiento está unido por su Karma al autor del crimen, aunque jamás se hayan encontrado ambos en el plano físico; y él bajo la forma de un perjuicio causado por el criminal. Con frecuencia, una desgracia imprevista, inesperada y en apariencia totalmente inmerecida, es efecto de causa semejante; y mientras la conciencia inferior se revuelve bajo un sentimiento de injusticia, el alma aprende una lección que no olvidará jamás. Nada inmerecido hiere al hombre, pero su falta de memoria no cohonesta la trasgresión de la ley. Vemos, pues, que nuestros deseos, en su acción sobre nosotros mismos, forman nuestra naturaleza astral e influyen en gran manera, a través de ella, sobre el cuerpo físico de nuestra próxima reencarnación; que desempeñan un importante papel en la determinación de nuestro lugar de nacimiento; y finalmente, que por su acción sobre los demás, ayudan a atraernos, en cualquier vida futura, a los seres humanos a que nos asociaremos. 

La tercera clase de energías se manifiesta en el plano físico bajo forma de acciones y engendra Karma por su efecto sobre los demás, pero no afecta sino muy poco al hombre interior. 
Las acciones son efectos de los pensamientos y deseos del pasado, y el Karma que representan está en su mayor parte agotado por el mismo hecho que efectúan. Pueden, sin embargo, afectar al hombre indirectamente, en cuanto suscitan en él nuevos pensamientos, deseos y emociones; pero en los deseos y no en las acciones mismas reside la fuerza generadora. Es igualmente cierto que las acciones frecuentemente repetidas producen en el cuerpo físico un hábito que tiene por efecto limitar la expresión del Ego en el mundo exterior;pero este acto no sobrevive al cuerpo, y el Karma de la acción, en lo que respecta a su efecto sobre el alma, se contrae a una sola encarnación. 

Otra cosa sucede cuando estudiamos el efecto de nuestras acciones sobre los demás, la dicha o la desgracia que causan, y la influencia que ejercen como ejemplos. Nos ligan así a nuestros semejantes, gracias a esa influencia, y constituyen, por lo tanto, un tercer factor en la futura determinación de la que ha de rodearnos. Son también el factor esencial en la determinación de lo que podría llamarse nuestro medio ambiente no humano. Generalmente hablando, el ambiente material, favorable o desfavorable, en el que venimos al mundo, depende del efecto ejercido por nuestras acciones pasadas al derramar la felicidad o la miseria entre los demás. 

Los efectos físicos producidos sobre el prójimo por nuestros actos físicos, se neutralizan en la operación del Karma, al rodearnos de condiciones buenas o malas para una existencia futura. 
Si hemos de procurado a los hombres dicha material a costa de nuestros esfuerzos, esa acción revierte sobre nosotros en forma de circunstancias felices que tienden a nuestra vida material; y si hemos sido causantes de la miseria física para nuestro prójimo, recogeremos entonces el Karma de circunstancias físicas deplorables que llevan al sufrimiento físico. En ambos casos, las consecuencias del acto físico son independientes del motivo del acto, lo que nos lleva a considerar la segunda gran Ley:

CADA FUERZA OPERA EN SU PROPIO PLANO 

Si un hombre siembra la dicha para los demás en el plano físico, cosechará condiciones que propendan a su propia felicidad en el mismo plano; y el motivo que presidió a la acción no intervendrá para nada en el resultado. Un hombre puede sembrar trigo con intento de arruinar a su vecino, pero la perversión de su propósito no hará que en vez de trigo nazca cizaña. 
El motivo es una fuerza mental o astral, según se proceda de la voluntad o del deseo, y reacciona, en consecuencia, sobre el carácter mental o moral o sobre la naturaleza astral. 
La producción de la dicha física por la acción es una fuerza física que actúa en el plano físico. 
“Por sus acciones afecta el hombre a sus semejantes en el plano físico; extiende en torno a sí la dicha o la desgracia, acrecentando o disminuyendo el bienestar humano que puede proceder de motivos muy diversos, buenos, malos o mixtos. 

Un hombre puede ejecutar una acción que difunda el bien, por simple benevolencia o por ardiente deseo de favorecer a sus semejantes. Supongamos que por tal motivo ceda un parque a una ciudad para esparcimiento de los habitantes. Otro hacer parecida acción por vanidad, para obtener, por ejemplo un titulo nobiliario. Otro, en fin, lo hará por un motivo mixto, desinteresado en parte y en parte egoísta. Los motivos afectarán respectivamente a los caracteres de estos tres hombres en sus encarnaciones futuras, en bien, en mal, o de una manera mixta. Pero el efecto que la acción produce al proporcionar solaz a gran número de seres, no depende del motivo del donante. 

Cualquiera que sea la causa del don, el efecto es el mismo y la gente goza por igual del parque; y el gozo debido a la acción del donante, da a éste un crédito kármico cuya deuda se le pagará escrupulosamente. Nacemos en un medio confortable y hasta lujoso, según la alegría difundida por él, y su sacrificio de bienes físicos le dará la recompensa debida y el fruto kármico de su acción. Esta en su derecho; pero el uso que haga de su posición, la dicha que encuentre en sus riquezas, dependerá esencialmente de su carácter; aquí también alcanza la recompensa debida, porque cada semilla fructifica según su especie. Verdaderamente los caminos del Karma son iguales. No rehúsa el malvado la justa reversión de una acción benéfica; pero le da también el carácter que mereció por su intención aviesa, de suerte que en medio de sus riquezas es pobre y queda descontento y taciturno. 
El hombre bueno no escapará al sufrimiento físico si extiende la miseria física por acciones erróneas debidas a un buen motivo. 

La miseria que ocasione, le proporcionará miseria en su futuro ambiente físico; pero la intención pura ennoblecerá su carácter, haciendo manar de él una fuente de dicha eterna, de suerte que estará tranquilo y satisfecho en el seno de su turbación. Muchos enigmas podrían resolverse por la aplicación de esos principios a los hechos que observamos en torno a nosotros. 
La diferencia entre el efecto del motivo y el de la acción material se debe a que cada fuerza posee las condiciones del plano en que se ha engendrado. Cuanto más elevado y poderoso sea éste, más poderosa será la fuerza. 

El motivo es, pues, mucho más importante que la acción, y una mala acción hecha con buen propósito allega al agente mucho más bien que una acción determinada por malas intenciones.
Al reaccionar el motivo sobre el carácter crea a la larga una serie de efectos, porque las acciones futuras, determinadas por dicho carácter, quedarán influidas por el mejoramiento o perversidad del mismo carácter. 

La acción, por el contrario, al allegar a su autor la dicha o la desgracia física según su efecto sobre el prójimo, no entraña ninguna fuerza generadora, y se agota por su mismo esfuerzo. 
Cuando un conflicto de deberes aparentes dificulta reconocer el sendero de la justicia, el hombre que reconoce el Karma esfuérzase en escoger el mejor camino, sacando el mejor partido posible de su razón y su juicio. Es absolutamente escrupuloso en cuanto al motivo, prescindiendo de toda consideración egoísta, purifica su corazón, obra sin temor, y si yerra, acepta voluntariamente el sufrimiento que resulta de ello, como una lección que dará su fruto algún día. 
Su elevada intención ennoblece su carácter en lo futuro. Este principio general de que la fuerza pertenece al plano en que se engendra, tiene un alcance inmenzo. 
Si la fuerza emitida está determinada por el anhelo de objetos materiales, obra en el plano físico y atrae al actor a este plano. Si aspira a objetos celestes, actúa en el plano devachánico y lleva al actor a este plano; y si la fuerza no tiene otro móvil que el divino servicio, se engendra en el plano espiritual y en nada puede sujetar al individuo puesto que nada ansía. 

Las tres claves del Karma.
—El Karma en sazón es el que está a punto de cosecharse, siendo, por consiguiente, inevitables. 
De todo el Karma del pasado tan sólo, una porción puede agotarse en el curso de una misma existencia, pues ciertas clases de Karma son de tal modo incompatibles, que no pueden cumplirse en un sólo cuerpo, sino que necesitan para su realización muchos cuerpos de tipo diferente. 
Hay deudas contraídas con las demás almas, y todas esa almas no se encontrarán simultáneamente encarnada. Hay así Karma que debe efectuarse en determinado país o posición social, aunque el mismo individuo tenga otro Karma que necesite ambiente enteramente distinto. 
En consecuencia, el hombre no podrá pagar, en una encarnación, sino parte de su Karma total. 

Los grandes Señores del Karma escogen esta parte, según diremos más adelante, y el alma va a donde ha de encarnar en familia, país, situación y cuerpo apropiados para agotar la acumulación de causas escogidas, destinadas a producir sus correspondientes efectos. Estas causas determinan el período de la encarnación, dando al cuerpo sus características, poderes y limitaciones, relacionando con el individuo las almas encarnadas en la época en que contrajo obligaciones con ellas, rodeándola de parientes, amigos y enemigos. Estas causa determinan, además, las condiciones sociales en que el individuo nace con las ventajas e inconvenientes que de ello resultan; fijan los límites de las energías mentales que podrá manifestar, modificando la organización cerebral y nerviosa que le servirá de instrumento; combinan, en fin, todo lo que es, en su Karma, puede proporcionar penas y alegrías compatibles entre sí en el curso de la existencia presente. 

Todo esto es el Karma en sazón y puede formularse en el horóscopo echo por un astrólogo competente. En todo esto el hombre no tiene facultad de elección, porque ya está hecha y fijada desde el pasado. No le queda más remedio que satisfacer sus deudas hasta el último denario. 
Los cuerpos físicos, astral y mental de que el alma se reviste para el nuevo período de su existencia terrestre, son, como hemos visto, resultado directo de su pasado y constituyen una parte muy importante del Karma en sazón. Limitan por todas lados el alma del hombre, y su pasado se presenta ante él para juzgarle, señalando los límites que se ha impuesto a sí mismo. 

El sabio reconoce que no puede sustraerse a estas condiciones y las acepta gozosamente, tal como son, esforzándose en aminorarlas de un modo gradual. Hay otra clase de Karma en sazón que es de gran importancia: el de las acciones inevitables. 

Toda acción es el término final de una serie de pensamientos; tomando de ejemplo la química, podemos referirnos al caso de las soluciones saturadas y considerar que añadiendo pensamiento a pensamiento de la misma especie, resulta al fin que un sólo pensamiento nuevo, o un simple impulso o una vibración de fuera, basta para producir la cristalización, es decir, el acto expresivo del pensamiento. Si reiteramos con persistencia pensamientos del mismo género, de venganza por ejemplo, alcanzaremos por fin el punto de saturación, y el menor impulso les hará cristalizar en crimen. O bien podemos almacenar persistentemente pensamientos de auxilio al prójimo hasta el punto de saturación, y cuando llegue la oportunidad de estímulo cristalizará en acto de heroísmo. 

Un hombre puede traer al nacer un Karma en sazón de este género, y la primera vibración que se ponga en contacto con este conjunto de pensamientos dispuestos a actuar, bastará para precipitarle inconscientemente y sin voluntad preconcebida en el hecho. No tiene tiempo de pensar, se halla en un estado en que la menor vibración del mental provoca la acción, en una situación de equilibrio inestable en que el menor choque determina la caída. 

En semejantes circunstancias se sorprenderá comúnmente el hombre de haber podido cometer un crimen tal o cual, o un acto de sublime abnegación. “Lo he hecho sin pensar”, exclama ignorando que la frecuencia de sus pensamientos hizo el acto inevitable. 

Cuando un hombre ha querido varias veces ejecutar una acción, su voluntad acaba por fijarse irrevocablemente en esta, y el momento de la realización es tan solo cuestión de circunstancia. Mientras piensa, es libre de elección, puede oponer a un pensamiento otro nuevo y destruir de un modo gradual la tendencia primitiva por la reiteración de pensamientos contrarios; pero si el inmediato estremecimiento del alma responde al estímulo de realizar el hecho, entonces se extingue la facultad de elección. 

Esto entraña la solución del viejo problema de la fatalidad y el libre albedrío. 
Por el ejercicio de su libre albedrío se crea el hombre gradualmente fatalidades para sí mismo, y entre estos dos extremos se interponen todas las condiciones de libertad y de fatalidad de donde resultan las internas luchas de que tenemos conciencia. 
Continuamente creamos hábitos por la repetición de las acciones deliberadamente efectuadas por la voluntad, y llegando a ser un hábito una limitación, ejecutamos automáticamente las acciones. 
Tal vez deduciendo que el hábito en cuestión es malo, nos propongamos laboriosamente extirparlo mediante pensamientos de naturaleza opuesta; y tras muchas e inevitables recaídas, la nueva corriente de pensamientos toma su curso y recobramos por entero nuestra libertad, de la que nos aprovechamos para forjar enseguida nuevas ligaduras. 

Así es como los pensamientos-formas de otro tiempo persisten y vuelven a limitar nuestra capacidad mental, mostrándose en forma de prejuicios individuales y nacionales. 
Las mayorías de las gentes no conocen que están limitadas de este modo, y permanecen serenamente atadas a sus cadenas, ignorantes de su esclavitud; pero los que aprendan la verdad acerca de su propia naturaleza, se libertan. La constitución de nuestro cerebro y de nuestro sistema nervioso es una de las más señaladas fatalidades en la vida. Los tenemos inevitablemente así por efecto de nuestros pensamientos pasados y se nos presentan como un obstáculo contra el cual nos sublevamos. 
Dichos órganos pueden mejorarse lenta y gradualmente, aminorándose con ello las limitaciones; pero es imposible destruirlas de repente. 

Otra forma de Karma en sazón se presenta cuando los malos pensamiento del pasado han formado alrededor del hombre una corteza de malas acciones que le aprisionan y contraen a una vida perversa. Semejantes acciones son, como hemos dicho, inevitables consecuencias de su pasado, y algunas veces pueden quedar en suspenso durante muchas vidas en que no han tenido ocasión de manifestarse, mientras el alma ha progresado y se ha desarrollado. 

Llega una existencia en que la corteza de maldad pretérita encuentra ocasión de manifestarse, y a causa de ello el alma es impotente para que prevalezcan de pronto las cualidades adquiridas después. Como un polluelo pronto a nacer, esta oculta en el cascarón que la envuelve y que solo es visible al ojo exterior. Al cabo de tiempo se acaba este Karma y cualquier suceso aparente debido al azar, la palabra de un gran Maestro, un libro, una conferencia, rompe el cascarón de donde el alma surge súbitamente libre. Tale son las conversiones prodigiosas, al mismo tiempo súbitas y perseverantes, los milagros de la gracia divina de que oímos hablar en ocasiones, de cosas todas completamente comprensibles para quien conoce el Karma y lo ajusta al dominio de la Ley El Karma acumulado que se manifiesta por el carácter, esta contrariamente al Karma en sazón sujeto siempre a modificaciones. Puede decirse que consiste en tendencias vigorosas o débiles, según la fuerza mental que ha contribuido a su formación. 

Estas tendencias pueden reforzarse o debilitarse por nuevas corrientes de fuerza mental dirigidas en el mismo sentido o en el contrario. Si encontramos en nosotros tendencias deplorables, podemos aplicarnos a la obra de eliminarlas. Comúnmente, arrastrados por la ola impetuosa del deseo, somos impotentes para vencer la tentación; pero cuando más tiempo resistamos, más seguros estaremos de la victoria. Cada acontecimiento de esta naturaleza es un paso hacia el éxito, pues la resistencia que oponemos destruye parte de la energía y disminuye, en consecuencia la suma disponible para lo porvenir. El Karma en vías de formación lo hemos estudiado ya. 

El Karma colectivo.—Consideremos la acción del Karma sobre un grupo de personas. 

Las fuerzas kármicas que obran sobre cada individuo en su calidad de miembro del grupo, introducen un factor nuevo en su Karma individual. Sabemos que cuando cierto número de fuerzas obran sobre un sistema o grupo de puntos materiales relacionados entre sí, cada punto, además de su movimiento peculiar, participa del movimiento total del sistema, que se efectúa en la dirección resultante de la combinación de todas las fuerzas. Del mismo modo, el Karma de un grupo humano es la resultante de las fuerzas kármicas de los individuos que constituyen el grupo, y todas siguen la dirección de la resultante. Un Ego es atraído por su Karma individual hacia determinada familia, a consecuencia de los lazos contraídos en las vidas anteriores, que le sujetan estrechamente a algunos Egos que componen esa familia. 

La familia, por ejemplo, es rica por herencia, que se presenta a reclamar un descendiente del hermano mayor del abuelo, hermano a quien se suponía fallecido sin hijos, la fortuna se escurre de las manos del padre de familia y le deja abrumado de deudas. Es muy posible que nuestro Ego no hay tenido jamás la menor relación con ese heredero, con quien el padre de familia ha contraído en el pasado ciertas obligaciones que han provocado la catástrofe. A pesar de eso, está amenazado de sufrirla porque se encuentra comprometido en el Karma de familia. 

Si hay en su pasado individual alguna falta susceptible de borrarse por el sufrimiento que ocasiona el Karma de familia queda obligado a él; a menos que lo solvente alguna “circunstancia imprevista”, quizá por un extraño benévolo que se siente inclinado a adoptarlo. Ese hombre desde luego ha sido su deudor en el pasado. Este hecho resalta con más claridad todavía las catástrofes colectivas, como los accidentes ferroviarios, naufragios, inundaciones, ciclones, terremotos aéreos, etc. Un tren choca con otro a causa, por ejemplo, de que los maquinistas, conductores y empleados de la línea, creyéndose mal remunerados, enfocan contra la compañía en bloque sus pensamientos o disgustos o de odio. Aquellos que tengan en su Karma acumulado (aunque no necesariamente en su Karma en sazón) la deuda de una vida bruscamente segada, morirán en la catástrofe a fin de pagar su deuda; pero quienes no tengan tal deuda en su pasado, llegarán providencialmente tarde para tomar el tren o resultarán milagrosamente ilesos. 

El Karma colectivo puede englobar a un individuo en las desgracias resultantes de una guerra encendida por un país. También en este caso, puede pagar ciertas deudas de su pasado que no estén necesariamente comprendidas en Karma en sazón de su vida presente. En ningún caso puede sufrir el hombre lo que no ha merecido; pero si surge una ocasión imprevista para satisfacer una deuda del pasado, bueno es que la solvente. 

“Los Señores del Karma” son las grandes inteligencias espirituales que llevan las cuentas del Karma y efectúan las complejas operaciones de la ley kármica. H. P. Blavatsky menciónalos en La Doctrina Secreta, distinguiendo de una parte los Lipikas o registradores del Karma y de otra los Mahârâjas (Los Mâhâdevas o Chaturdevas (los cuatro grandes dioses) de los INDOS.) que son con sus cohortes los “agentes del Karma en la tierra”. Los Lipikas ajustan las cuentas kármicas de todos los seres humanos; con una sabiduría a la que nada escapa, escogen y combinan una parte de esa cuenta para trazar el plan de una existencia terrestre determinada. 

Suministran la idea del cuerpo físico que será la vestidura del alma encarnada, de modo que sirva a la expresión de sus capacidades y limitaciones. Esta idea, recogida por los Mahârâjas, sirve de base a un modelo al pormenor, que después de elaborado transmiten a uno de sus agentes inferiores. Esto último lo reproduce exactamente en el doble etéreo, como matriz del cuerpo denso; y los materiales de uno y de otro se forman de la madre, sujetos a la herencia física. 

La raza, el país, los padres se escogen según su aptitud para suministrar al cuerpo físico del Ego reencarnado los materiales apetecidos y el ambiente que le conviene en su primera edad. La herencia física de las familias produce ciertos tipos de fisonomía y sirve para proporcionar ciertas combinaciones materiales especiales. Las enfermedades hereditarias y la sensibilidad del aparato nervioso implican combinaciones determinadas de materia física, susceptibles de transmisión. 

El Ego que ha desarrollado en sus cuerpos mental y astral ciertas peculiaridades, necesita, para su expresión en el plano físico, peculiaridades especiales del cuerpo físico, y tendrá de sus padres cuya herencia física responda a las condiciones requeridas. Así un Ego dotado de facultades musicales de orden elevado, encarnará en una familia de músicos, donde los materiales que sirven para la construcción del doble etéreo y del cuerpo denso habrán sido elaborados de antemano y podrán prestarse a sus necesidades; además el tipo hereditario del sistema nervioso le suministrará el aparato delicado necesario para la expresión de sus facultades. 

Un Ego de carácter perverso nacerá en una familia grosera y viciosa, donde los cuerpos contengan las combinaciones más viles, capaces de responder a los impulsos de su naturaleza mental y astral. Y un Ego que se haya dejado arrastrar hasta el exceso por sus cuerpos astral y mental inferior, que se haya abandonado, por ejemplo, a la embriaguez, encarnará en una familia donde el sistema nervioso esté sumamente debilitado, y los padres ebrios le suministrarán para su desarrollo físico materiales malsanos. Así es como la dirección de los Señores del Karma adecuan los medios a los fines y asegura el cumplimiento de la justicia. 

El Ego trae consigo sus tesoros kármicos, sus facultades y sus deseos, y recibe el cuerpo físico más conveniente a la expresión de sus características individuales. Una vez indicado que el alma debe volver a la tierra hasta que haya satisfecho todas sus deudas y agotado su Karma individual; y que por otra parte, en cada existencia, sus pensamientos y sus deseos engendran nuevo Karma, y se presenta el problema siguiente: “¿Cómo romper definitivamente estas ligaduras constantemente renovadas? “¿Cómo puede conseguir el alma su liberación?” Esto nos lleva a la “cesación del Karma y al estudio de las condiciones necesarias para la liberación. Ante todo es preciso comprender con claridad cuál es, en el Karma, el elemento que nos sujeta. 

Dirigiendo el alma sus energías hacia lo exterior, se sujeta hacia cualquier objeto, y por este lazo se encuentra un día sujeta al lugar donde su deseo pueda realizarse por la unión con el objeto cualquiera, tendrá que volver al lugar en donde pueda gozar de ese objeto. El buen Karma sujeta al alma tanto como el malo, porque todo deseo, ya tenga por objeto las cosas de aquí abajo, ya las alegrías celestes, debe atraer al alma hacia el lugar de su satisfacción. La acción está movida por el deseo; y un acto se efectúa no por él mismo, sino por algún objeto deseado, con el fin de conseguir los resultados, o en términos técnicos, a fin de “gozar del fruto de la acción”. 
Los hombres trabajan, no porque quieran arar, construir o tejer, sino porque desean los frutos del cultivo, de la construcción o del tejido, bajo forma de dinero o de bienes. 

El abogado defiende, no porque quiera exponer los áridos detalles de un negocio, sino porque está ávido de riquezas, de renombre y de distinciones. En todas partes, alrededor de nosotros, las gentes trabajan por algo, y el agujón de su actividad está en el fruto que consiguen y no en el trabajo mismo. El deseo del fruto les impele a la acción y el goce de este fruto viene naturalmente a recompensar su esfuerzo. El deseo es, por lo tanto, el elemento que nos liga al karma, y cuando el alma no desea ningún objeto ni en la tierra ni en los cielos, ha roto el lazo que la sujetaba a los lazos que la sujetaba a la rueda de la reencarnación, ha cumplido sus revoluciones a través de los tres mundos. 

La acción por sí misma no tiene ningún poder sobre el alma, porque una vez efectuada se desliza en el pasado; pero el deseo del fruto, renovado sin cesar, suscita de nuevo la actividad del alma, forjando a cada momento nuevas cadenas. Haríamos muy mal, pues, en experimentar disgusto viendo a los hombres constantemente impelidos a la acción por el látigo del deseo, porque el deseo sirve para despertar la inteligencia, sobreponerse a la pereza y a la inercia. (El estudiante recordará que estos vicios indican la preponderancia de la cualidad Tâmasica, y que mientras este predominio subsiste, el hombre no puede salir del primero de los tres peldaños de su evolución), y porque incita al hombre a la actividad que le procura experiencia. Ved al salvaje que sueña tendido perezosamente sobre la hierba; estimula su actividad por el deseo de alimentarse, a fin de satisfacerlo ha de cultivar la tierra con paciencia, habilidad y constancia. 

Así es cómo desenvuelve sus cualidades mentales. Saciada el hambre, cae en el estado bruto satisfecho. Concíbese, pues, el papel preponderante que el agujón del deseo ha debido desempeñar en la evolución de las cualidades mentales, y que servicios han prestado a la humanidad los deseos de fama y gloria póstumas. Hasta para aproximarse a la divinidad, el hombre necesita de las excitaciones del deseo; y sus deseos se hacen más puros y menos egoístas a medida que se eleva. Pese a ello, sujétanle siempre a la rueda del nacimiento y para librarse debe destruirlos. Cuando el hombre comienza a aspirar a la liberación, se le enseña la práctica de la “renuncia a los frutos de la acción”, aprendiendo con ello a suprimir gradualmente el deseo de posesión. 

Primero se priva deliberada y voluntariamente de un objeto, adquiriendo así el hábito de prescindir de él sin violencia alguna. Tras cierto tiempo no hecha de menos el objeto y se da cuenta de que el deseo desaparece de su espíritu. Al llegar a este grado no ha de descuidar sus deberes, sino al contrario, cumplirlos todos con cuidadosa atención, permaneciendo completamente indiferente al fruto que pudiera allegarle. Una vez conseguida la perfección en esto, cuando no tenga ni deseo ni repugnancia por ningún objeto, no engendrará más Karma Al cesar de pedir cualquier cosa de la tierra o del cielo, ya no le llamarán ni una ni otro No desea nada de lo que le puedan dar, y rompe así todo lazo común entre ellos y él. 

Tal es la cesación del Karma individual, al menos en lo que respecta a la producción de nuevo Karma. Pero el alma no únicamente ha de cesar de forjarse nuevas cadenas, sino que debe desembarazarse de las viejas, ya permitiendo que se desgasten gradualmente, ya quebrantándolas de un modo sistemático. Para romper las cadenas es necesario un conocimiento capaz de mirar hacia el pasado, a fin de ver las causas puestas en juego que producen sus efectos en el presente. Supongamos que una persona, mirando a través de sus vidas anteriores, encuentra algunas causas destinadas a producir todavía un suceso en lo futuro; y supongamos, también, que semejantes causas sean pensamientos de odio hacia quién le ha hecho mal, y que, dentro de un año, deben ocasionar, en la tierra, un tormento al autor del daño. 

La persona en cuestión podrá introducir una nueva causa para combinarla con las causas del pasado cuya acción quiere modificar; y podrá, por ejemplo, equilibrarlas por esfuerzos de pensamientos de amor y benevolencia que las neutralicen, impidiendo así el suceso, sin ello inevitable, que habría engendrado a su vez nuevos disgustos kármicos. Así el hombre que sabe, puede neutralizar las fuerzas procedentes del pasado, oponiendo fuerzas iguales y contrarias, y puede en este camino “quemar su Karma por el conocimiento”. Y de esta manera análoga poner fin al Karma engendrado en esta vida y destinado a producir sus efectos en existencias futuras. 

El hombre que trata de libertarse puede todavía estar sujeto por obligaciones contraídas con las demás almas en el pasado, por los perjuicios que les haya ocasionado y por los deberes que le liguen a ellas. Utilizando su conocimiento puede encontrar a esas almas, ya estén en este mundo o en los otros dos, y buscar la ocasión de serles útil. Un alma con la que tenga alguna deuda kármica, puede estar encarnada al mismo tiempo que él; puede pues, unirse a ella y pagar su deuda, desatando así un lazo que, abandonado al curso de los sucesos, hubiera podido necesitar de nueva reencarnación o embarazarle en una nueva futura. Esto permite explicar la extraña y enigmática línea de conducta que a veces adopta un ocultista. Si, por ejemplo, el hombre sabio se une estrechamente a una persona considerada por los espectadores ignorantes como absolutamente indigna de su compañía, es que aquél está ocupado por completo de pagar una deuda kármica que sin extinguirla hubiera impedido o retardado su progreso. 

Los que no tienen conocimientos adecuados para revisar sus vidas anteriores pueden, sin embargo, agotar numerosa causas que han puesto en juego en su existencia presente. Pueden examinar con cuidado cuanto les ocurre y anotar todas las circunstancias en que hayan ocasionado o recibido perjuicios; neutralizarán las causa de la primera categoría prodigando pensamientos de amor y de auxilio, realizando también en el plano físico actos de socorro hacia la persona perjudicada siempre que sea posible; y las de las segunda categoría podrán neutralizarse por pensamientos de perdón y benevolencia. Así es como todos pueden aligerar su deuda kármica y acelerar el día de la liberación. Las gentes pías que devuelven bien por mal, según el precepto de todos los grandes Fundadores religiosos, agotan de un modo inconsciente el Karma engendrado en el presente y destinado, si no, a producir sus efectos en el porvenir. 

Nadie puede tejer con ellos un lienzo de odio, si rehúsan, suministrar al tejido, hilos de odio y si persisten en neutralizar cada pensamiento de odio con un pensamiento de amor. Si un alma irradia en todos sentidos la compasión y el amor, los pensamientos de odio no hallarán sitio en donde atacarla. “El Príncipe de este mundo llega y nada encuentra en mí.” Todos los Grandes Instructores conocieron la ley y basaron sus enseñanzas en ella; y aquellos que por veneración y por devoción hacia ellos obedecen sus preceptos, se benefician de la aplicación de la Ley aunque no conozcan como opera. 

El ignorante que siga las instrucciones de un sabio obtendrá resultados sirviéndose de las leyes de la naturaleza, aunque no las conozca. El mismo principio rige en los mundos súper-físicos. Muchos hombres que no tienen tiempo de estudiar, y que no pueden sino aceptar por autoridad de los expertos las reglas que deben guiar su conducta diaria, satisfacen inconscientemente sus deudas kármicas. 

En los países donde el rústico y el labrador admiten la reencarnación y el Karma, estas creencias extienden una aceptación tranquila de los males inevitables, y contribuyen a asegurar en la vida cotidiana la tranquilidad y el contento. El hombre agobiado por el infortunio no se rebela contra Dios ni contra sus semejantes, pues considera sus desdichas como resultado de pasados yerros. Los aceptan con resignación sacando de ellas el mejor partido posible, evitando las inquietudes y cuidados que el ignorante agrava su situación, ya penosa de por sí. Comprende que sus existencias futuras dependen de sus propios esfuerzos, y que la ley que le proporciona sufrimiento le dará igualmente la dicha si siembra la semilla del bien. 

De aquí una gran paciencia y una concepción filosófica de la existencia que tienden directamente a asegurar la estabilidad social y el general contento. El pobre y el ignorante no estudian metafísica sutil y profunda, pero comprenden a fondo sus sencillísimos principios: que cada hombre renace sobre la tierra repetidas veces, y que cada vida siguiente se modela sobre las que le han precedido. Para ellos el renacimiento es tan cierto e inevitable como el amanecer y el ocaso del Sol; forma parte del orden natural de las cosas contra el que es inútil sublevarse. 

Cuando la Teosofía coloque estas viejas verdades en el lugar en que el pensamiento occidental les pertenece, harán poco a poco su camino en el cristianismo, se infiltrarán gradualmente en todas las clases sociales y extenderán por todas partes la comprensión de la vida y la aceptación de los resultados del pasado. Entonces desaparecerá la inquietud que procede de la impaciencia y desesperación del hombre que ve la vida como incomprensible e injusta, sin poder sacar de ella provecho alguno; este disgusto dejará lugar a la calma y a la paciencia, fruto de una inteligencia esclarecida por el conocimiento de la Ley, fuerza que caracteriza a la actividad razonable y equilibrada de los que sienten que están formados para la eternidad.

ANNIE BESANT

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